
Al director neoyorquino Antonio Campos le tocó ayer defender su ‘Afterschool’, su última película, casi como si su presencia tras los micrófonos fuera la de un experto en internet. Y todo porque esta historia hace inmersión en el gigantesco mundo de la red para hablar de las influencias del entorno, de la culpa del que observa y no interviene y del que consume aquello que critica. Y lo hace combinando las técnicas del vídeo y del cine, incluso de las grabaciones a través de los teléfonos móviles, arrojando por el medio del camino un discurso sobre la práctica cinematográfica que la descubre como un enemigo de la «perfección interpretativa». Así lo asumía ayer, antes de explicar que quiere dejar «abierta la película al espectador», para que cada cual interprete qué ha pasado, pues al final, también su producto es susceptible de una nueva reedición, como le pasa al protagonista de la película con el vídeo escolar.
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